A veces, una frase abre caminos.
Hay días en consulta en los que te das cuenta, con una claridad pasmosa, por qué las palabras importan.
Entraron madre e hija. la niña, 14 años; el acné ocupando más espacio del que debería en su vida. Empezamos por lo técnico: qué tratamiento la iba a ayudar, cuánto tardaríamos en ver cambios, cómo cuidar la piel en casa, qué hábitos marcan diferencia, medidas a implementar en estilo de vida,…Pero muy pronto dejamos de hablar solo de piel para hablar de cómo se sentía. De la vergüenza en clase. De las fotos que evita. De las ganas de esconderse. Se metían con ella en el recreo, quería desaparecer….
La conversación se volvió un pequeño triángulo honesto. Hablamos de expectativas reales, de paciencia, de rutinas que se pueden cumplir. Me escuchaba atenta, con esa mezcla de curiosidad y cautela de quien quiere creer. En un momento, sin decir nada, apretó la mano de su madre. No hubo grandes discursos; hubo un gesto. Y ese gesto decía “me voy a curar».
Cuando la niña salió, la madre se quedó un segundo en la puerta, respiró hondo y me dijo:
“Muchas gracias. Esta conversación contigo —que otra persona haya abordado el tema con mi hija— ha sido como un golpe de aire fresco. Creo que me has abierto camino para poder conversar con ella.”
Me fui a casa con esa frase en la cabeza. No por lo que tiene de halago, sino por lo que revela: a veces, una sola conversación en el lugar y el tono adecuados abre puertas que estaban atascadas. Un tratamiento funciona mejor cuando va acompañado de comprensión, cuando convertimos la consulta en un espacio seguro para nombrar lo que duele por dentro mientras tratamos lo que se ve por fuera. Así es la piel, me habla aunque los pacientes callen.
Como dermatóloga, me llevo el recordatorio de que la medicina también se hace con la voz, con el silencio que deja sitio, con una pregunta a tiempo, con un “te entiendo” que no juzga. Y como persona, la certeza de que los pequeños gestos sostienen días enteros y marcan la diferencia, confío plenamente en ello.
Gracias por permitirme estar ahí. Ayudar a mis pacientes es un privilegio y una alegría. Por historias como esta, por cada mano que se aprieta con fuerza y cada mirada que se ilumina con esperanza, sigo convencida de que hay palabras —y cuidados— que, de verdad, curan.
Un abrazo,
Marina–
Dr. M. Rodriguez-Martin MD, PhD
Dermatologist
Tenerife, Spain
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