Hoy quiero enviarte una newsletter un poco diferente.
No solo como profesional de la salud, sino también como madre.
Tengo tres hijos, de 14, 11 y 7 años. Y, aunque desde fuera a veces parezca que los adultos deberíamos saber qué hacer en cada momento, la realidad es que la maternidad no viene con instrucciones. Mira que llevo años tratando niños, soy especialista en derma pediátrica, me encantan y disfruto hablando y compartiendo ese mundo mágico de los niños que me hace volver a mi infancia. Para ellos todo es ilusionante, todo es grande, lento, …compartir tiempo con niños (mis hijos, mis pacientitos y todos los que me rodean) es un lujo y me aporta un montón de felicidad.
Mi hija mayor está en plena adolescencia. Y hay días en los que me encuentro con cambios de humor, respuestas retadoras, silencios, tristeza o frases que me desmontan por dentro. A veces no sé si acercarme o darle espacio. No sé si insistir o callar. No sé si poner un límite firme o simplemente abrazarla. El otro día me recomendaron una frase para estos momentos que me hizo un click: «¿Qué necesitas, que te ayude, que te escuche o que te abrace?». Creo que esa frase está chachi para cuando te encuentras desarmado, siendo niño o adulto.
Mis hijos no vinieron con un manual de instrucciones y muchas veces no sé cuál es la forma de manejar situaciones cotidianas. Y soy consciente de que a medida que el tiempo va pasando, con la adolescencia y su ganancia de independencia, la cosa se va complicando. Y creo que muchas madres y padres estamos viviendo algo parecido.
La adolescencia no es una etapa fácil para ellos, pero tampoco para nosotros. Es una etapa de búsqueda de identidad, de necesidad de autonomía, de sensibilidad intensa y de cambios físicos, emocionales y sociales. Y en medio de todo eso estamos las familias, intentando acompañar sin invadir, poner límites sin romper el vínculo y educar sin vivir en una batalla constante.
Hoy quiero compartir algunas herramientas sencillas, basadas en la psicología cognitivo-conductual y en la evidencia sobre salud emocional adolescente, que pueden ayudarnos en casa.
1. Antes de corregir, conectar
Cuando un adolescente está enfadado, triste o desafiante, nuestro primer impulso suele ser corregir:
“No me hables así”.
“No es para tanto”.
“Siempre estás igual”.
“Deja el móvil ya”.
Pero muchas veces, en ese momento, su cerebro no está preparado para razonar. Está desbordado.
Una técnica muy útil es empezar por validar, sin dar necesariamente la razón.
Validar no significa permitirlo todo. Significa transmitir: “veo que esto para ti es importante”.
Podemos decir:
“Entiendo que estés enfadada”.
“Veo que hoy estás triste, aunque no sepas explicarme por qué”.
“No me gusta cómo me estás hablando, pero quiero entender qué te pasa”.
“Podemos hablar cuando estemos las dosmás tranquilas”.
Primero vínculo. Después límite.
2. Nombrar la emoción baja la intensidad
Una herramienta muy sencilla es ayudarles a poner palabras a lo que sienten.
A veces detrás de un “déjame en paz” hay vergüenza, miedo, cansancio, presión social, inseguridad o tristeza.
Podemos probar con frases abiertas:
“¿Esto es enfado, tristeza o agobio?”
“¿Necesitas que te escuche o prefieres estar un rato sola?”
“Del 0 al 10, ¿cuánto te molesta esto ahora mismo?”
Cuando un niño o adolescente aprende a nombrar lo que siente, empieza a poder regularlo.
3. La pausa también educa
En casa, cuando entramos todos en modo discusión, nadie aprende nada. Solo intentamos ganar.
Una técnica cognitivo-conductual muy útil es la pausa.
Podemos decir:
“Ahora mismo estamos demasiado alterados. Paramos diez minutos y luego seguimos”.
“No voy a hablarte gritando, y tampoco quiero que tú me hables así”.
“Te quiero, pero este tono no lo voy a aceptar”.
La pausa no es rendirse. Es enseñar autocontrol con el ejemplo.
4. Cambiar la pregunta: de “¿por qué haces esto?” a “¿qué necesitas?”
Cuando preguntamos “¿por qué te portas así?”, muchas veces obtenemos más defensa.
En cambio, podemos intentar:
“¿Qué ha pasado antes de que te sintieras así?”
“¿Qué necesitas ahora: ayuda, espacio, compañía o una solución?”
“¿Qué podemos hacer diferente la próxima vez?”
Este tipo de preguntas entrenan solución de problemas, una de las habilidades más trabajadas en terapia cognitivo-conductual.
5. Tristeza adolescente: acompañar sin interrogar
Cuando vemos a un hijo triste, nos asustamos. Queremos sacarle información, animarle rápido o arreglarlo.
Pero a veces lo que necesitan no es una solución inmediata, sino una presencia segura.
Podemos decir:
“No tienes que contarme todo ahora, pero estoy aquí”.
“No voy a minimizar lo que sientes”.
“Podemos dar un paseo, cenar juntas o simplemente sentarnos un rato”.
“Si esto se mantiene, buscaremos ayuda. No tienes que poder con todo sola”.
Es importante consultar con un profesional si hay tristeza persistente, aislamiento marcado, pérdida de interés, cambios importantes en sueño o apetito, autolesiones, ideas de muerte, consumo de sustancias o empeoramiento brusco del rendimiento escolar.
Pedir ayuda no es fracasar como padres. Es cuidar a nuestros hijos y ayudar a que les aporten herramientas a ellos y a nosotros.
6. Pantallas: menos guerra, más plan familiar
Las pantallas son uno de los grandes campos de batalla en muchas casas.
Móviles, redes sociales, videojuegos, vídeos infinitos… No es solo una cuestión de tiempo. Es una cuestión de sueño, atención, autoestima, irritabilidad, sedentarismo y convivencia.
Las recomendaciones actuales insisten en que no basta con prohibir. Hace falta un plan familiar.
Algunas medidas prácticas:
Crear zonas sin pantallas: mesa, dormitorio y momentos de conversación.
Evitar pantallas una o dos horas antes de dormir.
No usar el móvil como despertador: mejor dejarlo fuera de la habitación.
Apagar notificaciones.
Quitar la reproducción automática.
Pactar horarios antes de que empiece el conflicto.
Ofrecer alternativas reales: deporte, música, lectura, paseo, cocinar, juegos de mesa, planes con amigos.
Y quizá lo más difícil: revisar nuestro propio uso. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos. Si tú te pasas el día enchufado al móvil, no pretendas que tus hijos adoren la lectura.
7. Cómo ayudarles a desengancharse sin humillar
Decir “estás enganchado al móvil” suele generar defensa.
Funciona mejor hablar de objetivos:
“Quiero ayudarte a dormir mejor”.
“Quiero que recuperemos momentos sin estar cada uno en una pantalla”.
“No estoy contra tu móvil. Estoy a favor de tu descanso, tu concentración y tu bienestar”.
Podemos hacer cambios pequeños:
Primer paso: comer sin móviles.
Segundo paso: móvil fuera del dormitorio.
Tercer paso: una tarde semanal con plan sin pantallas. Mínimo.
Cuarto paso: revisar juntos qué aplicaciones les atrapan más.
Cuando el límite se acompaña de empatía, es más fácil que lo vivan como cuidado y no como castigo.
8. No necesitamos ser padres perfectos
A veces gritamos. A veces nos equivocamos. A veces ponemos un límite tarde. A veces estamos cansados y respondemos peor de lo que nos gustaría. Y nos arrepentimos lo más grande.
Pero también podemos reparar.
“Perdona, antes te he hablado mal”.
“Me he puesto nerviosa, pero quiero hacerlo mejor”.
“Vamos a intentarlo otra vez”.
La reparación enseña algo muy importante: que los vínculos sanos no son los que nunca fallan, sino los que saben volver a encontrarse.
Criar a un adolescente es aprender a estar cerca mientras se aleja un poco. Es acompañar sin controlar todo. Es poner límites aunque protesten. Es recordarles, incluso en los días difíciles, que nuestro amor no depende de su estado de ánimo.
No tenemos manual.
Pero sí podemos tener herramientas, apoyo, mucha paciencia y sobre todo un amor infinito a esas criaturas.
Y quizá eso, algunos días, ya es bastante.
Feliz martes,
Marina–
Dr. M. Rodriguez-Martin MD, PhD
Dermatologist
Tenerife, Spain
www.dermaten.es





















